Snowden, una historia de amor

BILL BINNEYencontró asiento junto a la puerta de Chez Billy Sud, un bar elegante de Georgetown, Washington, a donde enfilaba una alegre multitud después del estreno anticipado de la nueva película de Oliver Stone sobre Edward Snowden. La entrada era el sitio adecuado para Binney, un hombre larguirucho de 73 años, quien fuera funcionario de alto nivel en la Agencia de Seguridad Nacional (NSA, por su siglas en inglés) y quien, en gran medida, fue ignorado en la avalancha de publicidad sobre Snowden, el polémico filtrador de información sobre espionaje electrónico, hoy radicado en Moscú.

Años antes de que alguien oyera hablar de Snowden, Binney, talentoso criptólogo y matemático, se opuso a la extralimitación de la NSA en el espionaje. En octubre de 2001, después de más de tres décadas en la agencia, optó por renunciar para no verse implicado en un sistema de espionaje electrónico, exageradamente costoso y dudosamente legal, que llevaba el nombre clave de Trailblazer. Según casi todos los relatos, Binney y sus colegas habían diseñado otro sistema con protección de privacidad integrada y mayor eficacia, llamado ThinThread. Pero el jefe de la agencia en aquel momento, el general Michael Hayden, descartó ThinThready desembolsó al menos 1200 millones de dólares en las arcas del contratista Science Applications International Corp. para que desarrollara Trailblazer, hasta que la administración de Bush canceló el proyecto. Desde entonces, Binney ha pasado del dolor a la ira porque tiene la firme creencia de que ThinThreadhabría descubierto a los terroristas del 11/9 antes de los ataques. “Fue, simplemente, repugnante y asqueroso que hayamos permitido que ocurriera”, dice Binney, acerca de los ataques.

A la larga, el gobierno arremetió contra él y sus colegas disidentes de la NSA, así como contra una integrante del personal del Comité de Inteligencia del Congreso, Diane Roark, quien había defendido su causa. Esta historia se relata en A Good American, un documental austriaco profundamente inquietante que se estrenará en febrero en Estados Unidos. Pero esa noche, Binney estaba entusiasmado con la poderosa cinta biográfica de Stone acerca de Snowden, quien asombró al mundo con su revelación masiva de los programas de espionaje globales de la NSA.

“Me parece estupenda”, dice Binney sobre Snowden, una perspectiva eminentemente hagiográfica sobre el viaje del experto informático casi autodidacta, desde su voluntariado como boina verde post-11/9 (que terminó tras fracturarse ambas piernas) hasta su reclutamiento en la CIA, su periodo como contratista en la NSA y, finalmente, su papel como apóstata y renegado. “Hizo lo que yo esperaba hacer. Muestra el lado humano de la vigilancia y cómo afecta a las personas”.

Agrega que, para la mayoría, la jerga técnica sobre el funcionamiento de los programas de espionaje de la NSA —por no hablar de la complejidad de las legislaciones que, en buena medida, no sirven para controlarlos— es demasiado difícil de entender. “Pero, gracias a esta película... la gente puede visualizar y comprender algunas cosas. Creo que ayudará a que muchos entiendan, realmente, lo que sucede entre bastidores”.

¿Y qué es lo que sucede? “Que están invadiendo la privacidad de todos —afirma—. Pueden encender tu teléfono celular y escucharte. Pueden encender tu cámara y observarte. Pueden hacer lo mismo con las computadoras... [incluso] con OnStar”, el sistema de comunicaciones de los automóviles de General Motors Co. “Pueden usar radios en los autos para hacerlo. Es una invasión absoluta de lo que tú, como ciudadano, consideras el derecho a la privacidad”.

Añade que lo que el gobierno de George W. Bush permitió que la NSA y otras agencias de espionaje hicieran a partir de 11/9 ha persistido bajo el mandato de Barack Obama, pese a que el presidente prometió que ordenaría a la agencia que dejara de obtener y almacenar datos telefónicos masivos sin orden judicial.

En buena medida, la versión de los acontecimientos que presenta Stone —basada en The Snowden Files, libro publicado en 2014 por Lucas Harding, corresponsal de The Guardian— se apega mucho al relato del disidente en cuanto a su creciente distanciamiento. El descontento comienza con el correo que envía a Ginebra durante su trabajo en la CIA, cuando la agencia de espionaje explota información recogida por la NSA para manipular y chantajear a un banquero extranjero. Snowden, quien se unió a la CIA para combatir terroristas, nunca contempló semejante actividad. Más tarde, sus ilusiones se evaporaron aun más al enterarse de que asociaciones secretas de la NSA con empresas de telecomunicaciones de Estados Unidos le habían permitido registrar los correos electrónicos personales, las llamadas telefónicas y las transacciones financieras de cualquier estadounidense (por no hablar de cualquier extranjero) que tuviera una computadora, sin necesidad de una orden judicial. Su distanciamiento se agudiza en 2013 cuando James Clapper, director de inteligencia nacional, miente bajo juramento durante una audiencia en el Congreso donde lo interrogan sobre los programas de espionaje de la NSA.

Snowden había visto lo que ocurrió con Benny y otros ejecutivos de la NSA que fueron investigados y cuyas carreras habían sido destruidas.

Sin embargo, esos acontecimientos resultaban un trasfondo excesivo para el enfoque de Stone en la catarsis de Snowden. De modo que el director inventó una secuencia en la que un funcionario de la CIA, cómicamente perverso y temeroso del creciente desencanto de Snowden, hace saber a su antiguo acólito que está espiándolos a él y a su novia. En Georgetown, durante la fiesta posterior al preestreno, el 7 de septiembre, Stone explicó a un periodista que utilizó la escena como una herramienta cinemática para explicar la decisión de Snowden de descargar miles de documentos de alta seguridad y entregarlos a los periodistas de The Guardian y The Washington Post. Sin duda, esa decisión dará nuevos argumentos a sus críticos persistentes, en su mayoría de derecha, quienes han acosado al director durante décadas debido a sus representaciones convencionales de los escuadrones de muerte salvadoreños apoyados por Estados Unidos, las atrocidades de Vietnam, la codicia de Wall Street y, en particular, el asesinato del presidente John F. Kennedy.

No obstante, a diferencia de otras películas, Stone se ciñe mucho más a los hechos en Snowden. La cinta culmina cuando el soplón, acusado de espionaje, huye de Hong Kong a Moscú, con la esperanza de seguir a Ecuador, país que no tiene tratado de extradición con Estados Unidos. Pero en vez de eso, el Departamento de Estado revoca su pasaporte, dejándolo varado en Rusia.

Transcurridos más de tres años, una coalición de grupos pro derechos humanos ha lanzado una campaña para persuadir a Obama de que conceda el perdón a Snowden; cosa muy improbable. Amén de que muchos retratan a Snowden como un traidor —la propia Hillary Clinton ha dicho que debe volver a casa a “pagar los platos rotos”—, Obama no ha mostrado inclinación de aminorar, y mucho menos abandonar, los cargos en su contra.

Por su parte, Binney dice que la administración de Obama ha ampliado los programas de espionaje de la NSA. “Cada año recogen cantidades muchísimo mayores de información”, asegura, con objeto de construir una nueva instalación de almacenamiento de datos masiva en Fort Meade, Maryland, adicional a la que abrieron en Utah, en 2014. “Y todo para nada —dice—, porque no ayuda a prevenir ataques terroristas, en absoluto”.

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