¿Rumbo al huxit?

VIKTOR ORBÁN, primer ministro de Hungría, no se arriesga. En la televisión estatal se transmiten anuncios que advierten sobre la creciente amenaza de los inmigrantes. En vallas publicitarias se proclama que Bruselas planea reubicar una cantidad equivalente a la población de toda la ciudad de posibles terroristas en Hungría. Y los legisladores del gobernante partido derechista Fidesz instan a sus partidarios a ir a las urnas el 2 de octubre para asegurarse de que Orbán obtenga la respuesta que quiere a la siguiente pregunta en referendo: “¿Desea usted que la Unión Europea pueda ordenar el establecimiento obligatorio de ciudadanos no húngaros sin el consentimiento del Parlamento?”

Las últimas encuestas sugieren que al menos dos tercios del electorado votarán a favor del “no”. Ese probable resultado se deberá, en parte, a que Hungría, al igual que sus vecinos del antiguo bloque soviético, no tiene prácticamente ninguna experiencia con la inmigración. El país sigue siendo abrumadoramente caucásico y cristiano. Sin embargo, las personas también votarán a favor del “no” como una reacción a sucesos recientes. Hace un año, Hungría fue el epicentro de la crisis de refugiados de Europa. La estación de trenes de Keleti, en Budapest, se convirtió en un gigantesco campo de refugiados al aire libre cuando miles de personas en busca de asilo se volcaron al país a través de la frontera sur y permanecieron en la capital antes de dirigirse finalmente hacia Alemania. En respuesta, el gobierno de Orbán construyó cercas en su frontera sur con Serbia y Croacia. “Si dejamos que los musulmanes entren en el continente para competir con nosotros, nos superarán en número”, dijo Orbán el año pasado. “Es simple aritmética. Y no nos gusta”. Muchos húngaros estuvieron de acuerdo.

Ahora, mientras trata de cohesionar al país a favor del voto a favor del “no”, Orbán también ataca otro elemento al que percibe como una amenaza para la identidad de Hungría: la Unión Europea. Según los términos del Mecanismo de Respuesta de Emergencia del Consejo Europeo, adoptado en septiembre pasado, los Estados miembros acordaron reubicar a 160 000 personas según un sistema de cuotas (las personas que buscaban asilo viven actualmente en Grecia e Italia principalmente). A Hungría se le asignaron 1294 refugiados; sin embargo, junto con Eslovaquia, la República Checa y Rumania, desde el principio se mostró hostil al sistema de cuotas y votó contra él. Hasta ahora, Hungría no ha recibido ningún refugiado según el plan. En lugar de ello, se ha unido a Eslovaquia para poner en tela de juicio el plan en la Corte de Justicia Europea.

Es posible que Hungría se resista a quienes toman las decisiones en Bruselas, pero por ahora nadie habla acerca de un huxit, es decir, de la salida de Hungría de la Unión Europea. El referendo no es legalmente vinculante ni a escala nacional ni internacional. Sin embargo, la Unión Europea tampoco puede detenerlo ni sancionar a Hungría. “Habrá mucho jaleo en Bruselas, pero nada serio”, señala György Schöpflin, miembro del Parlamento Europeo por el partido Fidesz. “Se trata de fortalecer la postura del gobierno cuando negocie con Bruselas”.

Con la Unión Europea debilitada por el brexit, que es la inminente salida de la Unión Europea por parte del Reino Unido, muchas personas del centro de Europa piensan ahora que ha llegado el momento de echar atrás las políticas liberales de inmigración favorecidas por Europa Occidental. Conforme aumenta la presión, resurgen antiguas líneas de falla. Los Cuatro de Visegrád (Hungría, Polonia, la República Checa y Eslovaquia), apoyados frecuentemente por las naciones del Báltico, adquieren cada vez mayor confianza y se hacen oír cada vez más. Orbán y sus aliados polacos hablan abiertamente sobre su objetivo: destruir lo que consideran un consenso liberal entre las naciones de Europa Occidental sobre los beneficios de la inmigración. “Nos encontramos en un momento histórico y cultural”, dijo Orbán a principios de septiembre, al aparecer con Jaroslaw Kaczynski, el líder del partido gobernante de Polonia. “Ahora mismo existe la posibilidad de realizar una contrarrevolución cultural”.

En Hungría, los opositores de Orbán señalan que está agitando un peligroso sentimiento nacionalista al sostener la votación. “El referendo alimentará la ira y la intolerancia en este país”, afirma Viktor Szigetvári, copresidente de Juntos, un partido liberal de oposición. “Ello perjudicará aún más la cohesión de nuestra sociedad”.

Los aliados de Orbán no están de acuerdo. “El referendo en Hungría reforzará la postura de otros Estados que tienen graves dudas acerca de la cuota, no solamente las naciones de Visegrád”, señala Schöpflin. “Muchas personas se sienten intranquilas con respecto a las cuotas obligatorias, y el estado de ánimo se ha ensombrecido tras los ataques ocurridos en París, Bruselas y los sucesos en Colonia. La gente dice: ‘Sí, somos generosos y abiertos, pero tal vez haya algo de razón en el argumento de que algunas personas, incluida la segunda generación de inmigrantes, están comprometidas a destruir nuestra forma de vida’”.

Varios críticos en Europa y en otras partes del mundo han condenado las políticas de Orbán. En septiembre, Zeid Ra’ad al-Hussein, el Alto Comisionado de Naciones Unidas para los derechos humanos, comparó a Orbán con el grupo Estado Islámico y con populistas de derecha como Donald Trump y Marine Le Pen, líder del Frente Nacional francés, acusándolos de decir “medias verdades” y “simplificar en exceso”. Tales líderes, dijo, “buscan, en grados variables, recuperar un pasado paradisiaco y de una forma purísima, en el que los soleados campos están habitados por personas unidas por su origen étnico o su religión, viviendo pacíficamente aisladas, dueñas de su destino, libres de crímenes, de la influencia extranjera y de la guerra. Un pasado que, con toda seguridad, no existió nunca en ningún lugar”.

Las afirmaciones de Al-Hussein enfurecieron a los funcionarios húngaros. Péter Szijjártó, ministro de Relaciones Exteriores de Hungría, dijo que era “inaceptable e indignante que un burócrata no elegido de Naciones Unidas comparase a un político europeo elegido democráticamente con la ideología del Estado Islámico”.

Conforme crecen las tensiones entre el gobierno de derecha de Hungría y otros gobiernos e instituciones más liberales fuera de las fronteras de ese país, la realidad en la práctica ha cambiado. Cada día, solo un puñado de refugiados tratan de entrar en Hungría antes de ser enviados de vuelta; en el verano de 2015, miles de personas cruzaban la frontera cada día. Orbán ha prometido reforzar las cercas de la frontera que ordenó construir el año pasado, por si acaso otro flujo de refugiados alcanza las fronteras del país. “Actualmente se lleva a cabo una planificación técnica para construir un sistema de defensa aún mayor a un lado de la línea de defensa existente, la cual fue construida rápidamente”, dijo el 26 de agosto. “Luego, si las palabras amables no funcionan, tendremos que detenerlos por la fuerza, y eso es lo que haremos”.

Es poco probable que los líderes de la Unión Europea siquiera den por recibidas estas amenazas de Orbán, pero el 2 de octubre es probable que reciban otra fuerte señal de que, al igual que los británicos, los votantes húngaros son cada vez más hostiles a que Bruselas les diga lo que deben hacer.

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