El infierno es la calle

LA PRIMERA VEZ que Alan vio cómo mataban a una persona tenía seis años. Eran las dos de la mañana y no aguantó la curiosidad de salir de su casa a averiguar qué provocaba tanto escándalo: lo que el niño descubrió fue que su calle, en la colonia Miravalle, en Iztapalapa, se había convertido en el campo de batalla de dos bandas, una de ellas liderada por sus hermanos mayores.

—¡Dale en su madre para que no se pase de listo! —ordenó uno de los chicos banda.

—Ahorita lo voy a picar, espérate —respondió el interpelado.

Patadas y puñetazos no lo amedrentaron. Alan miró de cerca, sin comprender tanto enojo y a la vez maravillado, hasta que uno de los amigos de sus hermanos sacó una navaja y se la enterró a uno de los integrantes de la banda contraria. Los vencidos se dieron a la fuga y los vencedores lanzaron piedras a la cabeza del navajeado para que no hubiera duda de que había sido aniquilado.

Alan ya estaba acostumbrado a los problemas de sus hermanos, a que robaran a cada rato para mantener su adicción a las drogas. Lo que nunca imaginó fue que, un año después, en uno de esos conflictos entre bandas cuyo único propósito era demostrar cuál era la más fuerte, uno de ellos sería asesinado, también de un navajazo.

“Aunque no siempre tenía para todos los útiles, me gustaba ir a la primaria de la colonia porque ahí me olvidaba de los problemas de la casa”, recuerda Alan, ahora un joven de 19 años, alto, flaco y con la esclerótica de los ojos enrojecida. “Como trabajaban, mis papás casi no estaban”.

Lo que aborrecía era ver a jóvenes drogados todo el tiempo, acostados en la calle. Alan cree que él llegó a la misma situación porque creció solo. Cuando su hermano fue asesinado, su papá se fue de la casa y sus dos hermanos restantes buscaron otra vida en Estados Unidos. “Apenas veía a mi mamá porque trabaja todo el día. Me tuve que guiar por las amistades más grandes. Eran mi ejemplo. Me gustaba su desmadre, sus drogas, hacían lo que querían. Crecí y me quedé con ellos”.

Desde la primaria, admiraba a sus hermanos, su estilo de vida era una meta a alcanzar. Así que no pasó mucho tiempo para que repitiera el patrón. “Poco a poco, en la secundaria, me metí en ese desmadre: beber, fumar piedra y marihuana, consumir chochos, activo y cristal. Todos a mi alrededor lo hacían, probé y me gustó”, cuenta. Lo corrieron de la escuela por golpear siempre a algún compañero y drogarse en exceso. “Hasta le llegué a pegar a una maestra”, dice.

La primera vez que cometió un delito tenía 14 años, cuando un amigo le prestó una 22 y le preguntó: “¿Quieres hacer misión?”. No lo pensó. Extasiado por la droga, a las 12 de la noche se fue al parque El Corral, cercano a Miravalle, con la pistola cargada. Cuando encontró a una pareja la encañonó: “¡Cámara, hijos de su puta madre, denme todo!”. Dos celulares y 800 pesos. Esa noche compró gramos de piedra, activo, mota y alcohol para él y su grupo de amigos. El festejo se extendió al amanecer.

“Estuve nervioso porque era mi primera vez. Después le agarré el gusto, funcionaba”. Alan repitió la experiencia una decena de veces más y, un par de años después, se animó a robar vehículos. “Hay tipos peores que uno, en corto se alocan. Estaba con unos cuatro valedores, nos drogábamos y uno lo propuso”, relata. En un coche se dirigieron a una colonia cercana a la autopista México-Puebla, le cerraron el paso a un Tsuru, encañonaron a los pasajeros y lograron su objetivo. “Fue rapidísimo”.

Aplicaron la fórmula unas seis veces más. “Llevábamos los autos a Ermita, donde venden las refacciones. Nos daban unos 8000 pesos y a mí me tocaban 2000. Así mantenía mi vicio. Como no fallábamos y aquí la seguridad es escasísima, puedes repetir. No hay patrulla. Si pasa un chavo o chava, haces y deshaces en ese momento. Es la ventaja que tienen los rateros y violadores. Eres libre, o eso crees”.

Al poco tiempo, algunos de los amigos de Alan fueron aprehendidos. El muchacho se preocupó cuando uno fue condenado a diez años: “Ya eran muchos problemas, esconderte, pelearme con tipos de otras bandas”. Después asesinaron a balazos a uno de sus compañeros. “Frente a mí, sin piedad. Quedó tirado en la calle. Entonces la piensas. Me preguntaba si correría la misma suerte que mi hermano”.

***

Para llegar a la colonia Miravalle, en Iztapalapa, se requiere paciencia. Ubicada en la falda del cerro La Tortuga, deben sortearse decenas de calles estrechas y en ascenso constante. Cuando se deja atrás el Eje 6, la única instrucción es avanzar con dirección a la colina.

Miravalle fue formada por migrantes en la década de 1980 y, aunque cobró mala fama por las bandas que surgieron una década después, hace 30 años apenas 15 familias la poblaban. El profesor Juan Carbajal es integrante de la Asamblea Comunitaria Miravalle y coordinador general de la Escuela Miravalle Marista, que imparte primaria y secundaria. Fundada por ese grupo religioso, realiza trabajo comunitario en esta colonia de 13 000 habitantes y donde el 60 por ciento son niños y jóvenes.

Antes de comenzar la entrevista, en la Escuela Miravalle, Juan presenta a Alan, Ricardo y Diego, tres jóvenes que, pese a su corta edad, son sobrevivientes de un entorno que los ha obligado a casi todo, excepto asesinar. “Aquí todo está permitido, traen a los secuestrados. Es una zona de pesada, plaza del narcotráfico en el oriente de la Ciudad de México, estratégica rumbo al sur o norte”. Si no hay balaceras entre bandas es porque, dice, existe un solo control: el de Los Zetas. “Tan sólo en la colonia hay tres puntos de narcomenudeo”, indica.

Las historias de los muchachos presentes, avisa Juan, ilustran lo que vive el resto de los jóvenes de la zona: familias conflictivas y vulnerabilidad. “No hay soportes —asegura— que permitan contrarrestar la influencia criminal. Aquí la calle es sinónimo de pelea, venta de droga, asaltos, violaciones. Ha disminuido porque nos hemos organizado, construyendo áreas deportivas, por ejemplo. Pero ahora hay más consumo de drogas y alcohol. Los menores antes se escondían. Ya no. Vivimos un problema de salud y no se entiende que el problema no es el chavo, sino el ambiente”.

En Miravalle cualquier joven porta pistola porque sabe con quién conseguirla, lamenta el profesor; “algunos van a robar a otro lado y otros vienen aquí a hacer sus travesuras. El fenómeno es juvenil, y es muy preocupante. A unos de mis alumnos de secundaria los engancharon para vender droga. Han aumentado los grupos narcomenudistas y se meten en todas las zonas. La presa fácil son los niños y jóvenes”.

Aunque la comunidad informó a la Secretaría de Seguridad Pública dónde están los puntos de venta de droga y pidió investigar, la dependencia respondió: “Somos la única corporación que atiende el narcomenudeo y narcotráfico, no podemos atenderlos porque no tenemos el personal”.

***

Tras el terremotode 1985 surgieron submundos en las colonias populares del centro de la Ciudad de México.

“En las calles de la zona predominan las puertas pequeñas y dentro abundan las casas-habitación, llamadas predios, que nacieron tras los programas de construcción. La gente vive hacinada”, explica Daniel Hernández, director operativo de Reintegra, organización social que previene delitos entre los adolescentes de la Guerrero y La Lagunilla y reinserta en sociedad a menores que cometieron infracciones a la ley.

Cuando los integrantes de Reintegra, en funciones desde hace tres décadas, notaron que la población menor de edad atendida provenía en su mayoría de colonias y barrios como la Guerrero, Tepito, La Lagunilla y la Morelos, se preguntaron qué pasaba ahí. “Vivir hacinado no es determinante para cometer un delito —indica el sociólogo—, tampoco lo es una economía frágil o si eres vecino del narcomenudeo. Pero los resultados no pueden ser positivos si juntas estos tres factores. Aquí la prostitución es muy común, hay más bares que deportivos y sitios culturales. Imagínate”.

Su oficina está en uno de los centros de Reintegra, en la calle Héroes, en la colonia Guerrero. Hernández dice que una de las funciones de esta organización es fortalecer las redes comunitarias.

—Pareciera que las autoridades delegan su responsabilidad a las organizaciones civiles.

—Totalmente. Las autoridades local y federal efectúan pláticas y pláticas, pero la información no es prevención.

—¿Hay aumento en el número de jóvenes que cometen delitos?

—Medirlos es superdifícil, no todos los casos se denuncian. Eso sí, si engorda la población, crecen los delitos.

De lo que tiene certeza Daniel Hernández es de la dinámica que impera en la zona: cometer un delito, robar un celular, vender drogas, otorga a los jóvenes un lugar en su comunidad e, incluso, estatus y reconocimiento. “No hablamos de pandillas, sino de bandas —explica—, se organizan para secuestrar o realizar robos masivos. Para un adolescente es casi un ritual de paso cometer un delito o tener un proceso legal. Cuando regresan a su comunidad las personas los sostienen. Casi celebran: ‘Ah, Fulano ya estuvo en el tute’, refiriéndose al tutelar de menores. Eso da prestigio: ‘Ya eres de La Lagunilla’”.

La escuela Miravalle, además de ser primaria y secundaria, funge como centro de rehabilitación para los jóvenes de la comunidad en situación de conflicto. Foto: Antonio Cruz/NW Noticias.

***

Vengo de una familia de sangre caliente. Mi hermano intentó violar y asesinar a una persona y ahora se está chingando en el Reclusorio Oriente, igual que mi papá y mi tío. Mi papá mató a uno a golpes. Mi tío robo con arma en mano. Una tía casi mata a una chava a golpes.

“Ricardo, tú y tu familia son de armas tomar”, me han dicho.

Todo lo que recuerdo de cuando era pequeño es desagradable. Mi papá llegaba borracho y nos golpeaba con el cinturón a mí, a mi hermano y mi mamá. Una vez me hirió la cabeza con una faja. Otro día, a las dos de la mañana, cuando mi mamá no quiso darle de comer, se encabronó y la levantó a golpes. A veces mi abuelo la defendía y mi papá le gritaba: “¡Tú nos enseñaste esto! ¡Mi mamá nos abandonó porque siempre la golpeabas!”. En otra ocasión golpeó a mi mamá con una pesa y casi la mata. Vivíamos en la colonia Coronillas y cuando eso pasó nos mudamos con mi abuela, aquí en Miravalle. Yo tenía unos siete años y ya odiaba a mi papá.

En Coronillas es peor que aquí. Allá hay más asaltos, robos y violencia. Si alguien se entera de que asaltaron a su familia, busca y mata al que lo hizo. Crecí viendo eso y las peleas callejeras en las que participaba mi papá. Él era un matón y por eso era admirado. Un par de veces mi mamá nos llevó a verlo pelear y vi cómo mató a alguien. Asesinó a muchas personas y creo que por eso me gustan los golpes. Como mi familia, soy violento. Si se me quedan viendo, me cuadro.

En la primaria me peleaba con mis compañeros, y como mi mamá trabajaba nadie se fijaba en nuestros problemas. Con el tiempo empecé a juntarme con mis valedores en un punto. Un punto es donde venden marihuana y por esta zona abundan: en San Miguel Teotongo, Lomas de Zaragoza, Avisadero.

Yo he consumido, pero poco. Mis problemas han sido otros. Me he agarrado a golpes con gente grande y no me abro. Así aprendes a defenderte. También fui narcomenudista. “Te encargo este tabique de marihuana”, me decía el Choloy yo vendía de a 100 pesos el puño.

Desde primaria ya jalaba a la calle. Ya en la secundaria mi hermano me llevó al punto. Ahí conocí a la bandita y con el tiempo me agarraron confianza, sobre todo el Cholo, el que dirigía. Llegaba uno que otro verguero y preguntaba: “¿Quién se siente el más picudo de aquí?”. Comenzaban las peleas porque una banda que se llama La Raza Odiada nos echaba bronca. El Cholo sacaba la chida, el arma, y llamaba por teléfono al pesado, el que viene a dejar el material, la droga. Le decían el Güero. También le hablaba a un gordo y este tipo bajaba en su troca, sacaba las armas, las escopetas y cuernos de chivo. Pero nomás era para que vieran que estábamos pesados. Sólo nos agarrábamos a tabicazos.

Un día el Cholo me buscó. “¿Qué onda? ¿Qué hay que hacer?”, pregunté. Él sacó de sus pantalones el tabique de marihuana. “Guárdalo y véndelo”, me dijo. Son pruebas. Compruebas que puedes hacerlo y que no eres soplón. Luego te encargan otra misión.

***

Decir que existen focos rojos en delegaciones como Iztapalapa por los numerosos delitos cometidos por menores de edad es acertado. Así lo afirma Juan Martín Pérez García, director de la Red por los Derechos de la Infancia en México (Redim).

El fenómeno en los últimos años, indica, “se caracteriza por el recrudecimiento de la violencia en que vive este sector. Los jóvenes responden igual como forma de su supervivencia. Generalmente sufren muchísimas carencias económicas”.

Pérez García aporta algunos datos. “El 90 por ciento de los delitos cometidos por adolescentes, según el Inegi, son de orden patrimonial, considerados de hambre: robo de cartera, celular. Roban para comer. Los de alto impacto, como homicidio y tráfico de drogas, son escasos, y existen porque después de diez años de una guerra contra el crimen organizado es inevitable que hayan sido reclutados de manera forzada por el crimen y detenidos por las autoridades”. Lo peor, explica, “es que son tratados como criminales y no como víctimas”.

En educación básica, la cobertura a niños en edad de primaria es de 99 por ciento, y en secundaria disminuye a 92 por ciento, pero la cifra baja a 80 por ciento cuando ingresan en la media superior. “Esos chicos y chicas quieren estudiar, pero el sistema educativo no cuenta con la capacidad para incorporarlos —dice—. La escuela, con todas sus deficiencias, es un espacio de protección porque los compañeros tejen redes, se apoyan”.

Otro factor es la falta de opciones laborales. Juan Martín indica que cada año el país necesita 1.2 millones de empleo, pero no los genera, cosa que sí logran el comercio informal y el narcotráfico. “Estos dos se convierten en las fuentes de ingreso para los chavos. De manera grosera se les ha llamado ninis, pese a que son rechazados de las escuelas y no hay empleo. Cualquier adolescente en México, sin importar la clase social, aunque haya unas más limitadas que otras, enfrenta angustia laboral. Algunos sufren mendicidad. Estas condiciones llevan a muchos chavos a cometer delitos y ser víctimas del sistema judicial en el país”.

—Además de Iztapalapa, la delegación más poblada, ¿cuáles son los otros focos rojos en la Ciudad de México y la zona conurbada?

—Existe un triángulo de exclusión y delito, sin que sea el único, pero sí muy evidente, que se ha construido en la última década: las delegaciones Iztapalapa y Gustavo A. Madero y el municipio Nezahualcóyotl, en el Estado de México. En este triángulo hay presencia del crimen organizado, fuertes niveles de corrupción, empezando por las autoridades. Ahí las policías son temidas y conocidas por violación a los derechos humanos.

***

El llamado “niño sicario”, presentado ante los medios como Edgar N, el Ponchis, fue acusado de degollar a los adversarios del cártel de los Beltrán Leyva en Morelos. Cuando fue detenido por soldados en el aeropuerto de Morelos, declaró que a él lo habían levantado y con droga lo forzaban a cometer delitos, pero pocos medios enfatizaron que el menor había sido víctima de reclutamiento forzado.

De 2006 a 2011, la PGR registró que un total de 7575 adolescentes, de 16 y 17 años, fueron detenidos por algún delito federal, de los cuales el 91 por ciento eran hombres. Más de 3000 de esos menores de edad cometieron delitos contra la salud, 1520 fueron detenidos por violaciones a la Ley Federal de Armas de Fuego y 3134, por posesión o consumo de narcóticos.

Del número total, 76 adolescentes (60 hombres y 16 mujeres) violaron la Ley Federal sobre Delincuencia Organizada.

Por otro lado, los datos del Censo Nacional de Impartición de Justicia Estatal 2013, del Inegi, arrojan que en 2012 hubo 19 178 casos de adolescentes procesados en México. En el 40 por ciento de estos casos se desconoce el tipo de delito. El 30 por ciento, es decir, 5693, se relaciona con diferentes tipos de robo, 619 corresponden a homicidios, 163 a secuestros, 905 a abuso sexual y violaciones y 937 a delitos de narcomenudeo.

Del total de los adolescentes procesados ese año, 5141 tuvieron resolución sancionatoria y, de esos, un 55 por ciento fueron condenas por delitos relacionados con robos.

Según Redim, los procesos iniciados que involucraron a adolescentes ascendieron de 38 637, en 2010, a 39 766, en 2014. Este mismo año, en la Ciudad de México (8928), Nuevo León (3802) y el Estado de México (3210) se reportaron las mayores cantidades de procesos de procuración de justicia para menores de edad.

Auxilio juvenil: “Cuando son detenidos hay que restituir sus derechos, ayudar a cambiar la lógica que los llevó a entrar en conflicto con la ley”. Foto: Antonio Cruz/NW Noticias.

***

En Iztapalapa, según el Coneval, casi un millón y medio de sus habitantes vive en diferentes modalidades de pobreza, y en Gustavo A. Madero, más de 700 000. Las dos delegaciones forman parte de las 11 demarcaciones más pobres de México.

Las condiciones de abandono social se agudizan en estos espacios, refiere Juan Martín, director de Redim, “y generan un contexto en el que la frontera entre lo legal e ilegal se diluye. Existe una triada perversa: exclusión, falta de protección de las autoridades y fragilidad del Estado de derecho. Los delitos y corrupción en Iztapalapa están en primer orden. Hay colonias donde no entra la policía, pues están dominadas por los grupos criminales”. El gobierno de la Ciudad de México no invierte en los jóvenes que viven ahí, agrega. Y por su población, es la delegación con el mayor número de menores de 18 años.

—Las ONG lamentan que se estigmatice la pobreza.

—Efectivamente, ser pobre no es sinónimo de delincuencia, pero si está presente esa triada se incrementan las posibilidades. Debe tratarse a cada individuo para conocer las causas. Cuando son detenidos, hay que restituir sus derechos, ayudar a cambiar la lógica que los llevó a entrar en conflicto con la ley. Que regresen a la escuela, restablecer el vínculo familiar. Corregir lo que no se previno con tiempo.

“Aunque no es un hecho masivo —dice—, alarma que el crimen reclute cada vez más a los jóvenes, y muchas veces de manera forzada”.

—¿Qué puede hacerse?

—Mirar el tema y no dejar de mencionarlo, pues si no pareciera que es responsabilidad de estos chicos. Le toca al Estado invertir, estimular proyectos educativos y culturales. ¿Qué hacen la SEP y la Secretaría del Trabajo? En el orden preventivo, sólo la sociedad civil actúa, pese a que hay muchos recursos en la Secretaría de Gobernación. Han invertido en parques, capacitaciones, pero no en los detonantes, en la triada.

—Parece no importarle a las autoridades.

—No es un tema que les interese. No es atractivo para ningún funcionario o político, pues los jóvenes no representan votos, y por ello no ven rentabilidad política ni ganancia. Así de crudo es.

***

Vendí la marihuana a amigos y a amigos de amigos. El Cholo me daba más y yo la ofrecía en el barrio Casitas. Todo es conectes. Entregaba la ganancia y me daban mota y dinero. La primera vez, unos 550 pesos. Yo tenía unos 13 años y con eso era feliz.

Te vas a Tepito y encuentras toda la chuleta en un lugar llamado Lona Negra, o también te surtes en Las Islas de CU. Yo acompañé una vez a Los Gorilas, una banda de Lomas de Zaragoza liderada por dos hermanos grandotes y toscos. Son unos de los narcomenudistas más pesados de por aquí y venden mota, cristal, perico y coca. Hay que ser cauteloso porque la policía te mete una bolsa, te inculpa y te agarra a golpes. Te vistes de universitario y nadie se da cuenta. Llegas al árbol y haces una seña. Alguien se te acerca, te pregunta cuántas bolsas quieres y vas a su escondite. Cuando estuve en el narcomenudeo me querían llevar a Tepito. El Cholo me dijo que por allá había un buen conecte para mí. Yo sí quería, pero a la mera hora dije que no. Me dio miedo.

La otra vez fuimos a Ixtapaluca, andábamos de vándalos en Ixtapaluca con mis valedores Los Gorilas, fuimos a hojalatear un Tsuru nuevo. Le quitamos llantas, rines, todo. Ese día me reventé a un chamaco, le rompí uno que otro bracito, ¿no?, y las costillas. También he asaltado varias veces sobre el Eje 6, aunque yo no cargaba las armas, sólo acompañaba para dar en la madre a quien se resistiera. Sé dónde clavar un buen golpe. Con Los Gorilas nos íbamos a las 12 de la noche porque a esa hora es lo chido. Esperas a la gente que viene de chambear. “Checa, niño”, decían Los Gorilas. Una vez un güey se pasó de lanza, le pegó en la nariz a un compa y el Gorila lo picó. Me dio risa cuando el tipo corrió como loco, agarrando su herida.

Después comencé a asaltar con otros chavos todo un año, durante mi estancia en la calle.

Me da pena decir por qué estuve ahí, pero debo decirlo. Le robé dinero y una impresora al profe Carbajal para ayudar a mi hermano. Debía dinero a los narcomenudistas, a él sí le late eso. Les entregué como 2500 pesos para que ya no hubiera bronca. Pero no sirvió de nada porque mi hermano de todas formas cayó después.

La primera vez que mi mamá me corrió de mi casa me fui con Carbajal y gracias a él terminé la secundaria. Estaba muy apenado y lo busqué varias veces porque la calle está pesada: si uno no puede, entre dos o tres te madrean. Caminaba sin rumbo y siempre alguien me agraviaba. Por ese tiempo comenzaron los asaltos. Todo era golpes. Por eso mis puños están llenos de marcas y cicatrices. Cachábamos a güeyes en su coche, les dábamos en su madre y les robábamos. Y así un chingo de veces.

¿Qué más? También tuve problemas con dos policías. Daba una vuelta en el Eje y una patrulla se detuvo a mi lado, los policías me agarraron del cuello y me subieron: “¡Ya valiste verga, pinche chamaco, por andar de culero con Los Gorilas!”. Me sabían algo. Me llevaron lejos, a Tláhuac, y me pusieron en mi madre en un parque.

Cuando encerraron a mi hermano, hace dos meses, busqué a Carbajal y no esperaba que me diera otra oportunidad. Ya sé qué es la calle y estar sin tragar todo el pinche día. Aprendes a valorar las cosas y piensas en cómo puedes acabar.

Mira, ya ingreso en agosto a la prepa Iztapalapa 3, pero esto no es fácil. Tengo 17 años y hay mucha tentación. Mis valedores me dicen: “Vamos a robar este sábado, a tal hora”. Como saben que soy agresivo, me buscan. Yo respondo: “Luego te veo”. Dicen que soy un puto, pero intento controlarme, aunque a veces no puedo y me agarro a golpes, como hace poco. Uno de mi edad me dijo: “Pinche puto, ¿por qué ya no jalas?”. Lo reventé y lo mandé al hospital. Si me buscan, me defiendo. Aún le hablo al Cholo, pero él sabe qué onda conmigo, que no soy dejado.

Los chavos crecen solos: “Somos productos de nuestra familia y entorno. Por eso es importante el trabajo con los adultos. El abandono y la desintegración familiar es algo supercotidiano”. Foto: Antonio Cruz/NW Noticias.

***

Daniel Hernández,el trabajador social de Reintegra, explica que la organización no puede preguntar quién vende la droga en la Guerrero y La Lagunilla. “No es nuestro deber, nos pueden desaparecer —alerta—, lo que conocemos es lo que la gente nos comenta, ya nos identifican. Sólo puedo decir que hay familias donde varios de los hijos delinquen y reinciden tras un conflicto con la ley”.

Él ve con claridad que la clave es el trabajo de prevención y señala quiénes son los responsables de que jóvenes lleguen a delinquir: “Todos los sectores. Nosotros atendemos a 2500 personas al año, menores y padres y madres de familia. Mucha gente, incluso los papás, piensan: ‘Son los chavos’. Pero somos productos de nuestra familia y entorno. Por eso es importante el trabajo con los adultos. El abandono y la desintegración familiar es algo supercotidiano. Los chavos crecen solos.

“Pasa de todo. El año antepasado trabajamos en la primaria Ignacio Manuel Altamirano, aquí en la calle Héroes. En un grupo, la mitad de los papás llevaban un proceso penal. En otra primaria, la directora nos pidió ayuda porque una alumna, ¡una niña!, se prostituía en la Plaza San Fernando, cercana al metro Hidalgo. Este asunto es multifactorial, incluso una cuestión estructural. El abandono en esta zona se vive en todo el país”.

–Los jóvenes no parecen tener opciones.

–Aquí la secundaria es lo máximo. Después trabajan de cargadores, con sus familias en los puestos, si bien les va. Lo otro es afiliarse al narcomenudeo o narcotráfico. Esas son las opciones reales e inmediatas.

***

Los grandes problemas en Miravalle, de acuerdo con su propia comunidad, son la inseguridad, la drogadicción y la mala calidad del agua.

El primero, explica el profesor Carbajal, se refiere a robos en microbuses y casas y a agresiones físicas. “También tiene que ver con la falta de empleo seguro —explica—, todos se desplazan dos horas para llegar a su trabajo y reciben 1200 pesos semanales, que no sirven de nada”. No hay servicios de salud ni hay policía. Todo esto afecta a los niños y jóvenes.

“Mira, nuestra postura ante un chavo que roba y se droga es no rechazarlo, pues ya ha sido rechazado toda su vida. No quieren estar con sus familias. Cuando quiere ser ayudado, buscamos los medios. Si no lo desea, no hay manera. Nuestro trabajo es impulsarlo a que tome consciencia, decirle: ‘Esta es tu realidad, ¿quieres dar el salto?’”.

—¿Qué aprenden los muchachos?

–Que no todo es odio, violencia y rencor. Que hay otra forma de vivir. Eso he intentado con Ricardo. Le permití regresar, pero ahora debe hacer las cosas derechas. Sabía que si lo dejaba en la calle iba a acabar igual o peor que su hermano, pues es más violento. “¿Los Gorilas o yo?”, le pregunté.

“No en todos los casos los jóvenes tienen carencias económicas importantes —continúa—, Alan menos, su mamá trabaja y sus hermanos están en Estados Unidos. Ricardo tampoco, salvo por la situación que vivió en la calle. Dice que ya le va a echar más ganas. Está en una fase en la que tiene que demostrar que quiere cambiar. Si hace otra, ni modo, se va. Está en periodo crítico. Sigue la presión de amigos. No encuentra trabajo. Consiguió, pero lo han tranzado. Esa es la realidad. Es complejo para un chavo que no alcanza a procesar todo. Entre ellos se terapean, empiezan a sentirse solidarios de la misma situación y comienza la droga. Qué bueno que Ricardo en agosto ingresa en la prepa para que ya se ocupe”.

Alan, agrega Carbajal, es un caso interesante porque intenta salir de las drogas por sí mismo: “Estuvo mal de salud porque se ha metido de todo. Conoce a todos los chavos del barrio, les da chance de drogarse afuera de su casa. Él motea y bebe, pero ya tranquilo”.

—El entorno es complicado.

—Viven un abandono funcional. Aquí las familias son muy agresivas, quizá por el hacinamiento. Así como ellos hay muchísimos chavos en la colonia y la mayoría con estos problemas. No podemos ponernos contra Los Zetas, no somos el ejército. Hay que hablar con los papás, hacer conciencia en la comunidad porque ninguna autoridad va a hacer nada. Se les olvidaron estos chavos.

Colonia de fama: Miravalle fue formada por migrantes en la década de 1980 y, aunque cobró mala fama por las bandas que surgieron una década después, hace 30 años apenas 15 familias la poblaban. Foto: Antonio Cruz/NW Noticias.

***

La última vez que Diego Armando fumó marihuana fue tres horas antes de esta entrevista, y cuando le pregunto qué ha sido lo más difícil de sus primeros 15 años de vida, inmediatamente responde: “La calle”.

“No siempre estoy ahí, pero a veces me voy de mi casa y no regreso en tres días. Me la vivo en drogas”, dice, con la cabeza baja, como si nadie estuviera presente.

Diego es un joven menudo, de piel morena y que aparenta mayor edad. También originario de Miravalle, probó la marihuana a los 13 años. Una vez fue al frontón y le pidió a uno de sus amigos un toque. “Me la seguí y ya llevo dos años”, cuenta con su voz pausada.

Diego y su hermano reparten su tiempo entre sus dos papás, separados cuando él tenía dos años. A meses de concluir la secundaria, la abandonó por sus problemas de adicción. Un año atrás, su papá lo anexó en un centro de rehabilitación de Iztapalapa y perdió el año escolar. Aunque ahí se encontró a unos amigos del barrio, no hablaba con nadie, prefería estar solo. “Moría por droga, porque ya la había agarrado de coto todos los días con la mota y el activo”.

Harto de la situación, escapó y desde entonces no hay jornada en que no fume marihuana. “Me relaja, me hace sentir bien, no se trata de querer olvidarme de mis problemas, no los tengo. Cada que me voy mi papá sale a buscarme. Siempre se ha hecho cargo de mí”.

Hace cuatro meses, el muchacho estaba en una fiesta. Alguien lo agredió y respondió con un navajazo. “Me eché a correr —recuerda—, pero no creas que mi valedor se murió, sólo fue una herida. ¿Qué más he hecho? Mmm... he robado celulares, dinero, relojes. Con armas de fuego o navajas en mano. Un vecino me renta su revólver y así puedo comprar más drogas, celulares, ropa o zapatos”.

Robó por primera vez en un parque junto con dos de sus amigos. “Como vi que estaba papa un mes después me fui a Plaza Tezontle, por la Central de Abasto, y asalté a una pareja —recuerda—. Desde entonces lo hago solo porque en grupo te toca menos”.

La práctica se extendió por unos tres meses durante todos los días. Diego elegía las noches y los lugares lejanos a su colonia: Tláhuac, Santa Martha, Nezahualcóyotl. “Siempre fue exitoso. Una vez robé 10 000 pesos a una señora. La amenacé con mi arma”, cuenta. Aunque no ha tenido, hasta el momento, dificultades con autoridades, lo más parecido a eso fue una ocasión en la que le dispararon después de robar un celular a un joven. “Fue a Santiago —dice—, y no sabía que él era de ese barrio. El chiste es que llamó a sus valedores, me alcanzaron, me tiraron balazos y yo se los regresé. Cuando vieron que tenía arma, ya no me corretearon”.

Durante ese tiempo, un amigo le dio droga para que la vendiera y Diego la ofrecía en el frontón. Así fue durante algunos días, hasta que desistió porque un conocido que realizaba la misma actividad fue aprehendido e ingresado en un tutelar de menores. “Le dije a mi cuate: ‘Ya estuvo, si me agarran tú ni me vas a sacar’. Conozco a muchos que se van al tute y ya no regresan”.

Por lo general, Diego va a su casa a tomar un baño y comer. “No hablo con mi papá. Él no es mala onda, pero no le tengo confianza. Tampoco a mi mamá. Confío en mi abuelito. Él me dice que le eche ganas, que no siga en lo mismo”. Diego planea terminar la secundaria en el sistema abierto y después ingresar en la preparatoria. “Las drogas no las dejaré, no es mi plan. Me late mucho. No me ha perjudicado. O bueno, sí... pero porque a mi familia no le gusta”.

—¿Hay algo que quieras agregar?

—Pues ya fue todo, ¿no? ¿O cómo ves?

Al lado de Diego está Alan, quien se consuela al recordar que sólo fue a parar al MP unas cuantas veces y que, a diferencia de antes, ya no abusa de las drogas. “Busqué ayuda, pero siento que los centros de rehabilitación no funcionan. A la fecha veo a valedores drogarse y me entra mucha ansiedad”.

Alan robó hasta que Jorge Carbajal lo ayudó a salir de esa situación. Ya se conocían de años atrás porque el profesor apoyó a sus hermanos en aquellos años con sus problemas de banda. “Yo sí quiero estudiar una carrera —afirma Alan—, lo que sea es bueno. Aún salgo y nunca falta quien me agravie, pero ya es diferente. Al menos no estoy en peligro constante, como hace poco, cuando me drogaba todo el tiempo. Ahora me modero y sí, sirve de algo”, dice desplegando una sonrisa con cierto aire de triunfo.

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    La Agencia Estatal de Investigaciones (AEI) dio otro golpe al Cártel del Noreste (CDN), en esta ocasión al capturar a su líder máximo en Nuevo León, identificado como Gerardo Elías Matamoros Garza, informó la Procuraduría de Justicia del Estado.

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  • Arturo Muñoz Foto: Internet

    Aseguran a sujeto que mató a niña hace 22 años en Iztapalapa

    Investigaciones de gabinete y campo realizadas por la Fiscalía de Mandamientos Judiciales de la Procuraduría General de Justicia capitalina permitieron ubicar a Arturo Muñoz Piñón, contra quien existía una orden de aprehensión por los delitos de homicidio, en agravio de una niña de dos años, ocurrido el 7 de septiembre de 1994 en una vivienda ubicada en la delegación Iztapalapa; y de corrupción de menores en perjuicio de las hijas y hermanos de su entonces concubina.

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