Más cruel que el cáncer

Cuando le diagnosticaron cáncer de mama, Sandra Cohen hizo todo lo posible para evitar la quimioterapia. Tomó remedios homeopáticos y hierbas, modificó su dieta. Incluso probó la terapia láser. Pero nada resultó. Cuando llegó a la etapa IV –el cáncer había hecho metástasis a sus pulmones, clavícula y ganglios linfáticos– sus médicos estaban escandalizados. “Los doctores movían la cabeza y decían, ‘¿Cómo dejaste que avanzara tanto?’”, recuerda.

Pero no se dio por vencida. Así que recurrió a Stanislaw Burzynski.

En la década de 1970, siendo un médico joven, Burzynski comenzó a tratar pacientes con antineoplastones, una combinación de péptidos, aminoácidos y derivados de aminoácidos que había aislado de la orina y la sangre. Desde entonces, Burzynski calcula que ha usado sus fármacos en más de 2 300 enfermos de cáncer. Esto le ha llevado a figurar en elogiosos documentales, y a ser promovido por celebridades como el Dr. Mehmet Oz.

Pero Burzynski no es oncólogo, y no hay pruebas verificables de que sus antineoplastones funcionen ni mucho menos que son el tratamiento “amable” que promete. Ha emprendido ensayos clínicos aprobados por la Administración de Alimentos y Medicamentos (FDA, por sus siglas en inglés) desde la década de 1990 y, en ese tiempo, al menos seis participantes han muerto de hipernatremia –niveles de sodio muy altos en la sangre– probablemente provocados por los antineoplastones, que tienen un elevado contenido de sodio. Entre las víctimas había un niño de 6 años.

Con los años, Burzynski ha sido objeto de varias investigaciones y procesos legales, ha comparecido ante grandes jurados, la FDA y la Junta Médica de Texas. Conforme se ha dificultado el registro de pacientes en sus ensayos con antineoplastones, Burzynski ha resuelto tratarlos por otros medios, siempre fuera de la corriente médica principal. Usa quimioterapéuticos en combinaciones que no se han probado científicamente, y cuyas toxicidades –según la junta médica– representan una amenaza injustificada para los pacientes.

Ahora, la Junta Médica de Texas presenta un nuevo caso contra Burzynski, tratando de revocar su licencia. En noviembre, al iniciar la audiencia en Austin, admiradores y ex pacientes del doctor se reunieron para brindarle apoyo. “Creo que el cuerpo puede sanar sin quemarlo, cortarlo y envenenarlo”, dijo una mujer, cuya hermana murió de cáncer pulmonar. “Estoy a favor de cualquiera que intente evitar que las personas tengan que sufrir dolor”.

EXPERIMENTAR CON LAS PERSONAS

“Cuando me dijeron el diagnóstico, pensé que era el fin. Empecé a organizar mi funeral”, dice Wayne Merritt. Era 2009, el cáncer de páncreas había hecho metástasis al hígado, y su médico le dio seis meses de vida. Menos de un año antes, su esposa, Lisa, tuvo cáncer de mama, y pudo ver lo difícil que le resultó soportar la quimioterapia. Wayne estaba decidido a no pasar sus últimos seis meses vomitando.

Pero entonces Lisa oyó hablar de Burzynski. Así que la pareja fue a su clínica, donde se enteraron de que Wayne no calificaba para los antineoplastones, aunque podría responder a otros fármacos. Lisa dice que dejaron muy claro que su esposo no quería quimioterapia. Consultaron con Burzynski durante 10 minutos, y luego quedaron en manos del personal. La mujer recuerda que Wayne veía todos los días a una mujer quien llevaba un gafete que decía “Dra.”, a quien el personal llamaba “doctora”, pero quien según la Junta Médica de Texas, no tiene licencia para ejercer la medicina en el estado.

De regreso en Armuchee, Georgia, se llevaron una sorpresa. Volvieron a consulta con la oncóloga local, la doctora revisó las recetas de la clínica y soltó tres bombas: primero, Wayne estaba recibiendo quimioterapia, entre otras cosas; segundo, los medicamentos costarían unos 30 000 dólares mensuales, en vez de los 3000 a 6000 dólares mensuales que les dijeron; y tercero, su régimen medicamentoso era muy peligroso. “Fue devastador”, comenta Lisa. “Nos mintieron de mala manera”.

En una queja de 48 páginas, la Junta Médica de Texas dice que Burzynski y su personal engañaban deliberadamente a los pacientes, atrayéndolos a la clínica con la promesa de incluirlos en ensayos clínicos de antineoplastones, a sabiendas de que la mayoría no calificaría. El doctor y su personal decían a los pacientes que recibirían antineoplastones, para luego cobrar grandes anticipos y ordenar otros tratamientos. La Clínica Burzynski reconoce que unos 5700 de sus 8000 pacientes han recibido tratamientos que no son antineoplastones.

La junta argumenta que Burzynski cobró sumas “exorbitantes”, facturó pruebas innecesarias, y no divulgó debidamente su participación en la farmacia y laboratorio que proveyeron muchos de los medicamentos y las pruebas a los pacientes. Lo más inquietante es que la junta afirma que Burzynski y su personal cometieron numerosos errores médicos en el manejo de expedientes, incluyendo errores en la interpretación de escaneos y ordenar exámenes equivocados para evaluar el estado de los pacientes. Luego está el tema de las combinaciones de fármacos no comprobadas. En su sitio web, la Clínica Burzynski afirma ofrecer “terapia de cáncer personalizada”, fundamentada en análisis genéticos para adaptar el tratamiento a cada paciente. Mas, en su testimonio experto ante la junta médica, la Dra. Cynthia Wetmore (directora del Centro para Investigación Clínica y Traslacional en el Centro de Investigación Pediátrica Emory-Children’s, Atlanta) dijo: “Es imposible saber cuál fármaco está ayudando y cuál no está ayudando. Los medicamentos se administran en combinaciones inestandar [sic] que jamás se han probado. Se utilizan dosis inestandar que no se saben si son eficaces o seguras. Y combinarlas es experimentar en seres humanos, cosa que no puede hacerse fuera de un estudio clínico. Es antiético”.

La junta concluyó que, debido a las acciones de Burzynski y sus subordinados, “cada uno de los pacientes de este caso sufrió efectos de toxicidad considerables o bien, se vio expuesto a un riesgo significativo de efectos de toxicidad considerables”.

La postura de Burzynski es distinta, y dice que sus combinaciones medicamentosas son prueba de un enfoque médico innovador. En un correo dirigido a su ex abogado, Richard Jaffe, en enero de 2015, escribió: “Hace falta un pionero para abolir dogmas y salvar incontables vidas. Esta es nuestra contribución a la ciencia médica”. Burzynski argumentó que es inviable restringir a los médicos a unas cuantas combinaciones comprobadas, porque con casi 100 fármacos anticancerosos, probar cada combinación de cinco agentes produciría “cientos de miles de ensayos clínicos” (Burzynski y sus abogados no respondieron a peticiones de comentarios).

No obstante, eso tergiversa el proceso de investigación farmacológica, dice Andrew Vickers, asistente en metodología de investigación en Memorial Sloan Kettering Cancer Center. “No puedes hacer grandes ensayos aleatorios Fase III con todas esas diferentes combinaciones de tratamientos; por eso hacemos experimentos animales. Por eso hacemos experimentos con líneas celulares. Por eso hacemos ensayos clínicos de Fase I y Fase II”, explica Vickers.

Burzynski inició ensayos clínicos intensivos con antineoplastones en 1996, cuando una corte de apelaciones dictaminó que no podía prescribir los fármacos ni obtener aprobación para estudios de la FDA. No obstante, la Junta Médica de Texas afirma que dichos ensayos tienen grandes defectos, y que Burzynski ha engañado a sus pacientes recetando las sustancias como presuntamente seguras y eficaces, a sabiendas de que no hay suficientes estudios científicos para hacer tal afirmación. Las fuentes científicas más confiables concuerdan con la opinión de la junta sobre los antineoplastones. El Instituto Nacional del Cáncer (NCI, por sus siglas en inglés), parte de los Institutos Nacionales de Salud (NIH, por sus siglas en inglés), señala en su resumen de lineamientos para profesionales de la salud que “la literatura científica con revisión paritaria no ha publicado un solo ensayo aleatorio controlado que demuestre la eficacia de los antineoplastones”.

Ante la falta de pruebas científicas contundentes, no se dispone de información concreta sobre la toxicidad o los efectos secundarios de esas sustancias. Por un lado, dice el Dr. Wayne Jonas, quien revisó los antineoplastones para el NCI, los fármacos podrían tener menor toxicidad que algunas quimioterapias indicadas para cáncer cerebral; pero por otra parte, los estudios de antineoplastones han revelado graves efectos colaterales, incluyendo toxicidad neurológica grave, supresión de médula ósea, hipernatremia, fatiga, estupor y coma, así como deficiencia sanguínea de potasio.

Ya en 1994, una inspección de la FDA halló que Burzynski había estado minimizando los efectos colaterales de sus sustancias. Y 18 años más tarde, un niño de 6 años murió de hiponatremia en uno de los ensayos clínicos de Burzynski. Cuando la FDA se enteró, interrumpieron sus ensayos temporalmente, prohibiéndole reclutar niños. Después, la agencia expandió la prohibición a los adultos. En un esfuerzo para reanudar sus actividades, Burzynski envió a la FDA un análisis de 2185 sujetos de ensayo. Casi la mitad sufrió hipernatremia. La FDA argumentó que Burzynski había subestimado la cifra de casos provocada por los antineoplastones en este análisis, especialmente, en su folleto del ensayo, el cual afirmaba: “La mayoría de los casos no estuvo relacionada con la terapia de antineoplastones”.

Mientras la FDA mantenía este toma y daca con Burzynski por los datos del ensayo clínico y el material de mercadotecnia, pacientes desesperados seguían pidiéndole ayuda. En Nueva Hampshire, los progenitores y el abuelo de una niña de 12 años estaban convencidos de que los antineoplastones eran última posibilidad para curar su tumor cerebral, así que enviaron una petición a la FDA, consiguieron que un médico local supervisara el tratamiento, e incluso escribieron a su senador. En marzo de 2014, al fin lograron una rara excepción.

Pero la familia –que se negó a hablar con Newsweek– aún necesitaba que una enfermera administrara los antineoplastones, y la Clínica Burzynski dijo que dicha enfermera tenía que recibir capacitación en Houston. Ariel Dye comenzó a recelar tan pronto como llegó a Texas. Su capacitación demoró apenas 30 minutos y, para ello, la familia tuvo que pagar miles de dólares.

A esas alturas, Dye ya sabía algo de antineoplastones, y también sobre las escasas pruebas de su eficacia. No obstante, regresó a Nueva Hampshire y administró los antineoplastones. Las sustancias eran muy debilitantes, pues ocasionaban hipernatremia, la cual derivaba en anemia y somnolencia. Después de unas semanas, la familia interrumpió el tratamiento, y pocos meses después, la niña murió. Dye dice que la clínica nunca volvió a ponerse en contacto con la familia.

Luego de dos años de intercambios con Burzynski, en junio de 2014, la FDA decidió que las respuestas del médico habían esclarecido sus dudas, y la agencia retiró la prohibición contra la clínica.

NADIE QUE PISE EL FRENO

Los seguidores de Burzynski aseguran que es víctima de un sistema médico rígido y corrupto. La popular “Burzynski: The Movie” –documental en dos partes del cineasta independiente Eric Merola–, presenta al médico como un visionario que ha desarrollado medicamentos que salvan vidas, pero que no puede ponerlos en manos de los enfermos debido a la obstrucción del gobierno y la industria farmacéutica.

En noviembre, al hablar con simpatizantes durante un descanso de la audiencia ante la Junta Médica de Texas, Burzynski también adoptó un tono conspiratorio al decir, sobre la junta: “trabajan para grandes instituciones, y su negocio es deshacerse de la gente que trata de hacer algo por su cuenta, sin tomar montones de dinero del gobierno”. Afirmó que la junta intentaba proteger a grandes organismos para la investigación del cáncer, a fin de que no tuvieran que responder preguntas embarazosas sobre por qué él había conseguido lo que esas organizaciones no lograron.

Pero Vickers apunta que las llamadas terapias “alternativas” ciertamente reciben apoyo institucional. Él mismo preside una colaboración para investigación en acupuntura, y ha publicado sus hallazgos en JAMA. “Encuentro absurda la idea de que hay conspiraciones para mantener a raya las terapias inusuales”, fustiga Vickers.

Si trasciendes las afirmaciones grandilocuentes, los ensayos clínicos de Burzynski no son más que pantallas de humo. Y, al parecer, su objetivo no es mejorar su invento mediante un proceso científico, sino tratar a todos los pacientes posibles con antineoplastones. Esta acusación no es sólo de sus críticos, también la hace su ex abogado, Richard Jaffe. “En cuanto a sus ensayos clínicos, eran una burla”, escribió, acerca del diseño de un ensayo, en su libro Galileo’s Lawyer. “Todo era un artificio, un vehículo que nosotros y la FDA creamos para dar, legalmente, un tratamiento a los pacientes de Burzynski”.

Con semejante confesión, muchos críticos cuestionan cómo es posible que Burzynski todavía esté autorizado a reclutar nuevos pacientes. Cuando Newsweek preguntó a la FDA por qué no había clausurado la clínica, la agencia respondió con una declaración genérica, diciendo que toma acción con base en las inspecciones y la información más recientes.

Joseph Paul Eder, profesor de oncología en la Universidad de Yale, argumenta que el sistema no contempla lineamientos para que la FDA interrumpa ensayos clínicos ineficaces. “En general, quienquiera que esté subsidiando [el ensayo], la institución, el NIH, o el que sea, dirá, ‘No estás cumpliendo nuestros objetivos. Tendremos que detener el estudio’”, dice Eder. Pero como Burzynski financia sus ensayos clínicos –al menos parcialmente, con cuotas de pacientes–, no hay quien le pise el freno.

Con todo, años de litigios legales podrían estar pasándole la factura. El año pasado, Jaffe renunció a su cargo como abogado de Burzynski, argumentando que le debía 248 000 dólares en honorarios legales. Al final, este par llegó a un arreglo en la corte, pero no antes que la demanda obligara al médico a divulgar que tenía una deuda de 1.1 millones de dólares.

“NADA ERA LO QUE PARECÍA”

Sandra Cohen es una historia de éxito para Burzynski; más o menos. Acudió a él para un tratamiento con antineoplastones, y como no calificó, inició renuentemente la quimioterapia para, después, someterse a cirugía. Al cabo de cinco años, está libre de cáncer. “El Dr. Burzynski me salvó la vida”, asegura Cohen.

Los Merritt también tuvieron un final feliz inesperado. Wayne ingresó en otra clínica, donde usaban quimioterapia. Adoptó una nueva dieta y comenzó a usar suplementos alimentarios. Después de dos años del nuevo régimen, su tumor pancreático se redujo por primera vez. Luego de cuatro años, el tumor ha permanecido estable. Pese a todas las expectativas, sigue vivo. Lisa asegura que esto es a pesar de –y no gracias a– los 20 días que Wayne siguió el régimen medicamentoso de Burzynski. Del tiempo en esa clínica, la mujer dice: “Nos engañaron… Nada era lo que parecía”.

Mientras tanto, Burzynski jura que seguirá luchando. La audiencia de la junta médica debió concluir en enero, pero después que Burzynski fuera diagnosticado con un problema cardiaco, sus abogados presionaron con éxito para aplazar el resto del procedimiento hasta mayo. Para sus simpatizantes y críticos, ese aplazamiento no es novedad, sino otro alto al fuego temporal en un conflicto que tiene más de cuatro décadas.

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